La Ley del Agrado: cuando la amabilidad deja de ser elección para las mujeres
En el marco del 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, esta reflexión de la Socióloga Laura Tabilo Sáez invita a mirar un tipo de violencia muchas veces invisibilizada: la que se disfraza de amabilidad. En La Araucanía, donde la precariedad económica, la ruralidad y la desprotección institucional empujan a tantas mujeres a aceptar lo inaceptable, la llamada “Ley del Agrado” —ese mandato cultural que enseña a ser suaves, comprensivas y disponibles
Redacción Punto9
Equipo editorial

La Ley del Agrado: cuando la amabilidad deja de ser elección para las mujeres
En estos días de conmemoración contra la violencia hacia las mujeres, me parece urgente recordar algo que Amelia Valcárcel escribió y que en La Araucanía sigue operando con fuerza intacta: la llamada Ley del Agrado. Ese mandato cultural que nos enseña, desde niñas, que debemos ser amables, comprensivas, suaves, disponibles. Que nuestra seguridad, nuestros límites y hasta nuestra dignidad pueden negociarse siempre que la respuesta final sea “no hacer problema”.
Desde la sociología sabemos que la violencia no es solo el acto extremo que llega a la prensa: es también esa pedagogía silenciosa que moldea nuestras conductas y define lo que se espera de nosotras. Y en esta región, donde la precariedad económica, la ruralidad y la desprotección institucional empujan a muchas mujeres a aceptar situaciones que jamás deberían aceptar, la Ley del Agrado se vuelve una forma cotidiana de disciplinamiento.
Nos piden ser agradables cuando denunciamos.
Ser agradables cuando decimos no.
Ser agradables cuando exigimos recursos, protección o justicia.
Ser agradables incluso cuando enfrentamos industrias que lucran con nuestros cuerpos y lo llaman libertad.
Lo trágico es que, en un territorio donde tantas violencias conviven —doméstica, económica, sexual, simbólica— la Ley del Agrado nos enseña a minimizarlas. A sobrevivir sin molestar. A adaptarnos a un sistema que no se adapta a nosotras. A sonreír cuando deberíamos gritar.
Pero ninguna mujer debería ser agradable para vivir. Y ninguna sociedad debería exigirlo.
Que este 25 de noviembre nos encuentre diciendo algo que parece simple, pero que es profundamente político en una región donde a las mujeres se nos pide silencio y buena cara:
No nacimos para agradar; nacimos para que nuestra autonomía no sea negociable.
Y mientras esa posibilidad no sea real para todas, ninguna de nosotras estará verdaderamente en libertad.
Laura Tabilo Sáez
Académica Universidad Central sede Región de Coquimbo
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