29 abr 2026
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¿Qué sentido tiene crecer si no podemos vivir?

Durante siglos, el desarrollo no se entendió solo como producción económica, sino también como la capacidad de una sociedad para garantizar tiempo, espacios y condiciones para la vida en común. Esta columna propone recuperar esa mirada y cuestiona un modelo que ha reducido el desarrollo a cifras, productividad e inversión, dejando en segundo plano la forma en que realmente vivimos. A partir del concepto de scholé en la Grecia clásica y de las advertencias de Hannah Arendt sobre una sociedad orga

¿Qué sentido tiene crecer si no podemos vivir?

¿Cuándo el crecimiento deja de ser desarrollo?

Durante siglos, el ocio fue considerado una condición básica de la vida en sociedad. En la Grecia clásica, el scholé —de donde proviene la palabra “escuela”— no aludía al descanso ni a la distracción, sino al tiempo liberado del trabajo necesario para poder pensar, crear y participar de la vida pública. Una sociedad se consideraba desarrollada no solo por lo que producía, sino por el tiempo que dejaba a sus ciudadanos para vivir en común.

Esa idea se fue invirtiendo con el paso del tiempo. En la modernidad, el trabajo pasó a ocupar el centro absoluto de la vida social, y el ocio quedó reducido a un descanso funcional: recuperar fuerzas para volver a producir. La filósofa Hannah Arendt advirtió tempranamente esta contradicción: cuando una sociedad organiza toda su vida en torno a la productividad, empobrece su mundo común. Se trabaja más, pero se convive menos. Se crece, pero se vive peor.

Ahí aparece una pregunta inevitable: ¿cuándo el crecimiento deja de ser desarrollo?

Durante décadas, la idea de desarrollo se ha reducido casi exclusivamente a lo económico: crecimiento, productividad, inversión, indicadores. Todo eso importa, por supuesto. Pero cuando el desarrollo se mide solo en cuánto producimos y no en cómo vivimos, deja de cumplir su propósito central: mejorar la vida de las personas.

Este fenómeno no es abstracto. Se expresa en ciudades donde el espacio público se mira con desconfianza, donde la diversión popular se criminaliza, donde el tiempo libre se vuelve un privilegio y no un derecho. Se tolera el ocio privado, ordenado y pagado; se sospecha del encuentro espontáneo, del juego, de la fiesta, de la vida comunitaria. Como si vivir bien fuera una distracción incómoda frente a la lógica del rendimiento permanente.

Sin embargo, el ocio también es desarrollo. Es salud mental, es cohesión social, es cultura viva, es prevención social. No hay comunidades fuertes sin espacios para encontrarse. No hay democracia sólida sin tiempo para la vida común. No hay bienestar real si todo el tiempo está subordinado a la productividad.

En ese escenario, el rol del Estado es insustituible. No para administrar la diversión ni imponerla, sino para garantizar las condiciones que la hagan posible: espacios públicos cuidados y accesibles, cultura y deporte como derechos, jornadas compatibles con la vida, barrios pensados para habitar y no solo para transitar. Invertir en ocio no es un lujo; es una inversión social, humana y profundamente política.

Defender el derecho al ocio no es negar la importancia del trabajo ni del crecimiento económico. Es recordar algo básico: la economía es un medio, no un fin. El desarrollo verdadero no se mide solo en cifras, sino también en la capacidad de una sociedad para permitir que sus personas vivan, compartan y disfruten su tiempo.

Porque cuando un país crece, pero no deja espacio para la vida, el crecimiento deja de ser desarrollo.

Cristóbal Llanca.

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